El hígado graso, una enfermedad silenciosa y en aumento
El hígado graso es la enfermedad hepática crónica más común en el mundo, afectando a entre el 25% y 30% de la población adulta, según una revisión publicada en la revista Endocrinology, Diabetes & Metabolism por investigadores de la Universidad Queen’s de Canadá. Esta condición, conocida médicamente como MASLD, antes llamada hígado graso no alcohólico, no presenta síntomas en sus primeras etapas y puede tardar años en mostrar señales evidentes.
¿Por qué es tan peligrosa?
El daño puede ser irreversible cuando finalmente se manifiestan los síntomas. La enfermedad comienza en las células del hígado y, si no se detecta a tiempo, puede progresar hacia etapas graves como la cirrosis o incluso carcinoma hepatocelular. Los expertos señalan que su prevalencia ha crecido un 50% en las últimas dos décadas, siendo más frecuente en hombres que en mujeres.
¿Cómo se desarrolla?
Durante el hígado graso, los hepatocitos —que constituyen entre el 70% y 80% de la masa hepática— acumulan grasa y se inflaman. La disfunción mitocondrial, que impide que las mitocondrias procesen lípidos eficientemente, genera estrés oxidativo y reduce la producción de energía, desencadenando un proceso que puede volverse irreversible si no se interviene a tiempo.
Factores que aceleran la enfermedad
La dieta occidental, caracterizada por alto consumo de grasas y azúcares, es uno de los principales aceleradores del hígado graso. Una alimentación con más del 30% de calorías provenientes de grasas y más del 10% de azúcares añadidos, especialmente jarabe de maíz de alta fructosa, promueve resistencia a la insulina, inflamación crónica y estrés oxidativo. A estos factores se suman la inactividad física, mala calidad del sueño y estrés crónico, que favorecen la acumulación de grasa en el hígado y la progresión de la enfermedad.
Etapas y riesgos asociados
El proceso evoluciona desde la acumulación simple de grasa, reversible en sus primeras fases, hasta la esteatohepatitis metabólica, más grave, que puede derivar en fibrosis y cirrosis. La progresión a daños severos es más probable en personas con sobrepeso, obesidad, diabetes tipo 2, triglicéridos elevados y síndrome metabólico. Además, el hígado graso aumenta el riesgo de enfermedad cardiovascular, la principal causa de muerte en quienes la padecen, y también se relaciona con enfermedad renal crónica y síndrome de ovario poliquístico.
Prevención y tratamiento
La pérdida de peso, entre el 3% y 5% del peso corporal, ayuda a reducir la grasa en el hígado, siempre de forma paulatina para evitar empeorar las lesiones. La actividad física regular y una alimentación saludable son las estrategias principales para frenar la progresión de la enfermedad. Según la revisión, mantener un peso adecuado y mejorar los hábitos de vida son claves para evitar complicaciones mayores y mejorar la salud hepática.
¿Qué podemos hacer?
Reconocer el hígado graso en etapas tempranas y adoptar medidas preventivas son fundamentales para reducir riesgos. La detección temprana permite implementar cambios en el estilo de vida que pueden marcar la diferencia. La comunidad médica insiste en la importancia de un diagnóstico oportuno y en la necesidad de un enfoque integral que incluya alimentación, ejercicio y control de peso.
Para más información sobre cómo cuidar tu salud hepática, puedes consultar el impacto de la innovación en la salud o seguir atentos a las recomendaciones de expertos en salud pública.





