Contexto y realidad de la comunidad LGBTIQ+ en el Mundial 2026
Ciudad de México, 28 jun (EFE).- Rocko, un hombre cis homosexual, y Ganda, una persona transfemenina no binaria, han jugado fútbol toda su vida. Su pasión no radica en la competencia, sino en disfrutar la cancha como personas libres y completas, un derecho que consideran restringido en el Mundial, con México como sede mundialista.
Rodrigo Castillo, conocido como Rocko y jugador número 69 del equipo LGBTIQ+ Kraken, afirma que el fútbol masculino sigue siendo uno de los deportes más homofóbicos. Para él, basta con observar a los equipos para comprobarlo, ya que ninguno de los 48 jugadores de las selecciones participantes en la Copa del Mundo se declara abiertamente parte de la comunidad LGBTIQ+.
En casi 10 años, la FIFA ha elegido sedes como Rusia y Catar, donde la población LGBTIQ+ enfrenta persecución, ataques y discursos de odio. Actualmente, en Estados Unidos, sede de 78 de los 104 partidos del Mundial 2026, la situación para esta comunidad también es preocupante, según informes de Human Rights Watch, que señala que prácticamente ninguna ciudad en los tres países consideró planes de protección específicos para esta comunidad.
Discriminación institucional y espacios de resistencia
Rocko sostiene que nunca ha existido una intención real de la FIFA de incluir a personas trans o abiertamente homosexuales en el fútbol profesional, ni de propiciar espacios seguros para que los jugadores puedan declarar su orientación sexual. Denuncia que, por el contrario, existe una exclusión sistemática de las subalternidades, y que la denegación de visas ha sido un mecanismo de discriminación para jugadores, técnicos y árbitros, como Omar Abdulkadir Artan, vetado por Estados Unidos.
Tras la Copa del Mundo 2022 en Catar, la FIFA prometió un entorno seguro para la diversidad en el Mundial 2026. Sin embargo, para Rocko, esa promesa es una muestra de hipocresía y de lo que él llama “pinkwashing”, es decir, el lavado de imagen mediante acciones simbólicas que no generan cambios culturales profundos.
Rocko y Ganda, también conocido como Máx D. López y jugador número 88 del equipo Kraken, consideran que las medidas que supuestamente benefician a la comunidad son una simulación, obedeciendo a lógicas de mercado sin un cambio cultural real. Un ejemplo es la sanción de millones de pesos a la Federación Mexicana de Fútbol por el grito homofóbico de “puto” en los estadios, que se ha repetido por más de 20 años y fue escuchado durante el partido entre México y República Checa el pasado 24 de junio.
Ganda comenta que, en su caso, competir en equipos LGBTIQ+ es una forma de abrir la cancha y combatir la exclusión. Ambos no se sienten representados por este Mundial, pero han encontrado espacios seguros en equipos como Kraken, en los Gay Games en España, o en reuniones con amistades donde la diversidad no se vive como un castigo.
¿Qué sigue para la comunidad LGBTIQ+ en el fútbol y en el Mundial?
Durante el mes del Orgullo, colectivos LGBTIQ+ en ciudades sede como Monterrey y la Ciudad de México han manifestado su rechazo a lo que consideran un comportamiento elitista y excluyente de FIFA. Las denuncias se concentran en los altos precios de las entradas, la denegación de visas y el protagonismo de Estados Unidos, donde, a su juicio, la situación para la población sexodiversa es crítica.
¿Qué acciones tomarán las organizaciones y qué cambios profundos se requieren para que la inclusión sea real en el fútbol internacional? La comunidad continúa luchando por espacios seguros y por un reconocimiento que vaya más allá de las promesas y las sanciones económicas, en busca de un cambio cultural que respete la diversidad en todas sus formas.





